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Buscando en Polonia

Gino, mi compañero de viaje, opta por el silencio. “Qué más da la temperatura, si siempre está nevando”, pienso mientras tanto. El día de invierno  se escapa antes de lo esperado y no conozco la temperatura porque el termómetro del auto no sube los cero grados. Nunca sentí algo parecido, este clima y la solitaria carretera  nocturna se transforman en la más tensa de las aventuras. Huellas de otros vehículos  aparecen de vez en cuando y el limpiaparabrisas parece estar cansado de tanto sacudir.  No hay señal y miedos andan por el camino, al tiempo que, la  borrosa ruta se transforma inesperadamente en nuestro frágil cordón umbilical.  Cuatro horas después  lo conseguimos y Poznan nos recibe con un plato de Pierogis calientes.

Sebastián gira y dice, “estamos perdidos debemos volver”.  Pero  el bosque no es como el de Chile, aquí todos los arboles son iguales. Corremos  por el borde del lago y la conversación nos lleva más allá de lo prudente. Sin lago  a la vista, volver al hotel se vuelve una utopía. La lluvia de primavera, compañera inesperada, aumenta la presión de la aventura. Cuatro horas después Barlinek se deja encontrar.

Polonia. Lo sé, te han utilizado, has visto la miseria y la crueldad,  has estado al medio de los intereses de otros, te han repartido una y otra vez. Pero tú los derrotaste con otras armas, superaste el miedo, perdonaste el trauma y fuiste liberada, enaltecida y admirada. ¿Qué quieres de mi? Hazme libre, ponme a cargo, enséñame el camino, no importa el tamaño de la tormenta, tú siempre la encuentras la salida.

Vive Polonia, vive y enséñanos lo que sabes…

Felipe Bozzo

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